Tenía
un algo. Se le veía en los ojos. Pero en realidad era como un aura que
desprendía. No sé. Sé que no tiene sentido pero estas cosas nunca las tienen
fuera de ese preciso segundo. Inmediatamente me recordó a Natalie Portman en
Cisne Negro. A Helena Boham Carter en el Club de la Lucha. A Audrey Hepburn en
Desayuno con Diamantes. Tenía carteles luminosos por alrededor en los que
parpadeaba en diferentes tipografías y tamaño la advertencia: “ESTA NO”. De
repente no podía mover los pies. Me dejó clavado en mitad de la pista,
mirándola moverse. Se agitaba hacia todas partes como una loca. Olía a que el
mundo podía ser mío. Sus ojos se clavaron en los míos y me prometieron que no
había nada por lo que mereciese la pena perderlo todo más que ella. Era un súcubo
por el que Afrodita se entregaría a la oscuridad. Le sonreí y ella apartó la
vista. Sonrío levemente mirando al suelo. En ese momento mi corazón, que
supuestamente pertenecía a otra, me habló por vez primera y me dijo que jamás
iba a salir de mi pecho y que tendría que cargar con él siempre. Que no era de
nadie. Pero que la quería a ella. Que la necesitaba. Tanto que había decidido
que desde ese mismo segundo iba a empezar a aullar y no pararía hasta que
decidiera que era suya. Dejé la cerveza en la barra y cerré los ojos un
segundo. Me di la vuelta con aire decidido y la sonrisa preparada. Alguien me
cogió del brazo y me preguntó a donde iba.
-A
joderme la vida-dije mientras andaba hacia ella.
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