Me da
una hostia. Bueno, no exactamente una hostia, más bien me golpea el pecho y me
lo agarra clavándome las uñas.
-Si
vuelves a hacer eso te mato, hijo de puta-dice con voz ahogada.
No
puedo evitar fijarme en las gotas de sudor que me resbalan por dónde ella me
agarra. De todos modos tiene razón. Es la tercera vez en este polvo que se me
sale justo cuando ella hace ese grito estrangulado y sin sonido que precede a
su orgasmo. Pero joder, no puedo evitarlo, voy demasiado borracho.
-¿Te crees que es aposta, joder?-le espeto frustrado.
-¿Te crees que es aposta, joder?-le espeto frustrado.
Vuelvo
manos a la obra. En el segundo en el que me doy cuenta de que me va a fallar el
brazo y voy a caer encima de ella voy tan borracho que empiezo a reírme aún
antes de que pase. “Ya verás que hostia me como” pienso como un tonto.
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