-¿A qué
te refieres con eso?-preguntó él alzando la vista de sus rodillas y sus brazos.
-Oh,
vamos-dijo ella mientras se acercaba al
escritorio y cogía el mechero para encender otro cigarrillo-No te hagas el
tonto conmigo.
Él alzó
un poco más la vista para mirarla a los ojos. Sentado en la esquina de su
cuarto agarrándose las rodillas mientras ella paseaba por su habitación como si
hubiese estado ayer mismo en ella por última vez. Que simbólico. Que
descriptivo. Que gráfico. ¿Cómo iba alguien a olvidarlo todo de una vez si no
dejaba de ver poesía en su vida?
-Todas
las mujeres que has tenido-dijo ella expulsando el humo por la nariz y
girándose a mirarlo. Su vestido terminó de girarse perceptiblemente algo más
tarde que ella. El sol que entraba por la ventana le golpeaba en la espalda y
le dejaba distinguir la sombra de sus piernas. Las siguió lentamente con la
vista desde el tobillo hasta donde la sombra se hacía difusa. Respiró
pesadamente. La volvió a mirar a los ojos.
Siguió callado.
-Excepto
yo, claro-dijo ella girándose de nuevo mientras paseaba por la habitación-
Todas ellas son perros abandonados. ¿De verdad te crees esa mierda de que les
gustas a las locas, a las tullidas emocionalmente, a las lesionadas de
espíritu? ¿Qué simplemente les atraes? Eres tú quien se siente atraído por
ellas. Eres tú quien las recoge.
Se
agarró con más fuerza las rodillas pero siguió callado. Ella volvió a girarse a
mirarle.
-Te
gustan porque te ves reflejado en ellas-dijo- Así que la cuestión que yo
trataría de averiguar es, ¿quién te abandonó a ti, perrito?
La miró
fijamente.
-¿Es
una pregunta retórica?-dijo con la voz seca.
Ella le
clavó aún más los ojos en los suyos si era posible.
-¿Vas a
seguir con esa mierda?-le dijo de repente-¿Echándome la culpa? ¿O te vas a deshacer
de todo ese halo de indiferencia que te provoca el miedo y vas a buscar las
auténticas respuestas?
Él
siguió callado. Ella se giró y comenzó a andar hacia la pared de la esquina en
la que él se encontraba. El palco perfecto para verla abrir la puerta,
marcharse y cerrar la puerta no sin antes dejar escapar un:
-Ni
siquiera sé para qué me he molestado en volver a verte
Él se
levantó. Cogió un cigarrillo del escritorio y se sentó sobre él mientras lo
encendía con el mechero. Aún seguía caliente del tacto de la mano de ella. Allí
en el borde del escritorio dirigió su mirada hacia la ventana. El palco
perfecto para verla alejarse por la calle hasta girar la esquina. No se giró en
ningún momento. Se terminó el cigarrillo mientras su mirada perdida seguía posada
en la ventana.
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