viernes, 11 de octubre de 2013

Necesita más fuerzas.

Necesita más fuerzas. Enciende el séptimo cigarrillo de la hora y revisa las últimas tres frases. Se está haciendo sólo piensa excitado. Le tiemblan las manos levemente al escribir. Vuelve a dar un trago a la lata de cerveza. Escupe en el suelo y tose violentamente. La mira. No es de la que estaba bebiendo. Esta la usaba como cenicero. Contiene las náuseas. El vómito le sube por la garganta pero se lo traga. No tiene tiempo que perder en esas gilipolleces. Se está escribiendo solo. Pero necesita más fuerzas. Le va a llevar unas cuantas horas más de las que esperaba y no puede dejar que el cansancio lo arruine todo. El cansancio es para hombres, él es un escritor. No puede simplemente dejar que el cansancio le afecte. Se levanta mientras da largos tragos a la cerveza para quitarse el sabor a colillas de la boca. Camina hacia la cocina. Abre el frigorífico. De la segunda repisa, tras un paquete de salchichón, coge una pequeña bolsa de plástico blanco. Siente el olor y se pone algo más ansioso. Lo necesita ya. Vuelve al cuarto y encima de la carpeta en la que guarda las multas de tráfico y algunos tickets de compras con la tarjeta de crédito vuelca una pequeña piedrecita blanca. La aplasta con la tarjeta de la biblioteca pública de Granada. Ni siquiera sabe para qué coño se la hizo. Estuvo en Granada de Séneca apenas seis meses, un cuatrimestre de clases, y no recuerda haber sacado ningún libro. Recuerda muy poco de Granada también. Le pasa el mechero por encima. Con suavidad, con mimo. Necesita sentirla dentro. El olor le inunda. Lo necesita en sus fosas nasales. Bajando por su garganta. No sólo en su pituitaria. Rasca con la tarjeta y empieza a espiscar. La mano le tiembla levemente pero hace como que no se da cuenta. Arroja el cigarrillo a la lata que acaba de apurar de un trago. La aplasta todo lo que puede con la mano, para no volver a caer en el error de beber del cenicero. Sigue trabajando. Se queda evaluando el montoncillo blanco. Puede hacerse cinco rayitas. Cuatro buenas rayas. O tres rayotes. Separa el montón en dos y hace dos caballones enormes. Se fija en que aún está algo escamada. No le vendría mal otro repaso con la tarjeta. Pero ni de coña piensa mientras empieza a hacer un rulo con un trozo de folio. En las películas la gente siempre usa billetes. Los novatos también, supone que por lo mismo. Menuda cerdada. Como si pudieses saber dónde cojones ha estado ese billete antes de metértelo en la nariz. No, gracias. Esnifa una, lentamente, recreándose en ello. Inclina la cabeza hacia arriba para que nada se escape. Enciende otro cigarrillo. Se vuelve hacia el portátil. Sigue con lo suyo. Le duele mucho la encía superior, sobre todo al lado de la paleta izquierda. Se lleva el dedo y lo frota con suavidad. Se lo mira. No hay sangre. Sigue con lo suyo. Da caladas ansiosas. Largas, profundas. Sintiendo el LM en sus pulmones. Se cruje los nudillos. El cuello. Sigue con lo suyo. Enciende otro cigarrillo al percatarse que está mordiendo muy fuerte. Al día siguiente la mandíbula se lo recordará. Controla el tembleque de su pie. Empieza a sentirse de puta madre. No consigue expresar de otra forma la euforia que le embarga cuando esnifa anfetamina. Simplemente se siente de puta madre. Pero sigue con lo suyo. Se está escribiendo solo. Las páginas caen una tras otra y las horas también. Cuando han pasado dos horas se mete la otra raya. Abre otro paquete de LM. Enciende otro cigarrillo. Cierra los ojos y se recuesta en la silla. Respira profundamente. Sonríe. Se levanta a mear. Sabe que ahora tendrá que levantarse casi cada 15 min. No sabe si a todo el mundo el speed le da las mismas ganas de mear que a él porque nunca se lo ha preguntado a nadie. Mientras mea las frases se le van agolpando en el cerebro. Necesita soltarlas antes de que empiecen a desvanecerse. Se queda un segundo en blanco frente al portátil. ¿Cómo empezaba ese dialogo que se le ha ocurrido meando? Ah, sí. Sigue con lo suyo. Pasa otra hora. El cenicero está lleno. Se levanta a mear por tercera vez. Se da cuenta de que tal y como ha venido se ha ido. Necesita un finalazo. De los realmente buenos. Quiere un finalazo a lo Carver. A lo mejor el tío simplemente abandona el bar y se va a otro. Podría terminar con la frase: “Sigue caminando por la calle y de repente ve otro bar. Sonríe. Entra”. El relato trata de un hombre algo asqueado con la vida en general y sobre todo con la suya en particular que entra un bar y empieza a burlarse de las vidas de todos los allí presentes, uno a uno. Ha aprovechado para hacer una crítica a casi todo lo que no le gusta de la sociedad moderna. Lo cojonudo es que el hombre no conoce a nadie pero usando la deducción va “adivinando” cuáles son los defectos y taras de cada uno de los bebedores. No le convence. Igual un toque de Stephen King. Algo como “no se percata de que le siguen”. O mejor un terrible monólogo final muy hiriente y con mucho odio en el que en la última línea el lector se percate de que le está hablando al espejo. Sí, ese mejor piensa sonriendo. Lo escribe. Mira satisfecho el relato. Enciende otro cigarrillo mientras apaga el portátil. Va al frigorífico y se abre otra cerveza.


Cuando despierta a la mañana con la boca pastosa se siente como si un tren de mercancías le hubiese pasado por encima. Le duele hasta la última molécula de su ser. Maldito speed. Se siente muy deprimido así que opta por no desayunar y abrir la primera cerveza del día. También enciende su primer cigarrillo. Tose violentamente. Escupe una flema enorme en la papelera de al lado de su escritorio. Se suena y al mirar el pañuelo ve sangre entre sus mocos. Con cara agria va al baño y se lava la cara con violencia. Como si quisiera quitársela. Como si se pudiese despegar la piel del rostro y ver su calavera sonriente devolverle la mirada en el espejo. Recorre con la yema del dedo una raja enorme que cruza el espejo verticalmente. Piensa en masturbarse pero a los pocos minutos se percata de que no le apetece realmente pese a que se le ha puesto dura y para. Decide saltarse una de sus normas más antiguas y empieza a releer el relato de anoche. No han pasado 72 horas, lo que normalmente espera antes de la primera revisión, pero qué demonios. Cuando termina de leerlo le inunda más sorpresa que decepción al darse cuenta de que no le gusta una mierda. Pero nada. No ve nada salvable en el relato. Lo borra. Abre otra cerveza. Enciende el tercer cigarrillo del día. Se recuesta sobre la silla de oficina que tiene frente al escritorio y empieza gimotear como un perro herido. Sin lágrimas. Sólo gimotea. 

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