Necesita
más fuerzas. Enciende el séptimo cigarrillo de la hora y revisa las últimas
tres frases. Se está haciendo sólo piensa excitado. Le tiemblan las manos
levemente al escribir. Vuelve a dar un trago a la lata de cerveza. Escupe en el
suelo y tose violentamente. La mira. No es de la que estaba bebiendo. Esta la
usaba como cenicero. Contiene las náuseas. El vómito le sube por la garganta
pero se lo traga. No tiene tiempo que perder en esas gilipolleces. Se está
escribiendo solo. Pero necesita más fuerzas. Le va a llevar unas cuantas horas
más de las que esperaba y no puede dejar que el cansancio lo arruine todo. El
cansancio es para hombres, él es un escritor. No puede simplemente dejar que el
cansancio le afecte. Se levanta mientras da largos tragos a la cerveza para
quitarse el sabor a colillas de la boca. Camina hacia la cocina. Abre el
frigorífico. De la segunda repisa, tras un paquete de salchichón, coge una
pequeña bolsa de plástico blanco. Siente el olor y se pone algo más ansioso. Lo
necesita ya. Vuelve al cuarto y encima de la carpeta en la que guarda las
multas de tráfico y algunos tickets de compras con la tarjeta de crédito vuelca
una pequeña piedrecita blanca. La aplasta con la tarjeta de la biblioteca
pública de Granada. Ni siquiera sabe para qué coño se la hizo. Estuvo en
Granada de Séneca apenas seis meses, un cuatrimestre de clases, y no recuerda
haber sacado ningún libro. Recuerda muy poco de Granada también. Le pasa el
mechero por encima. Con suavidad, con mimo. Necesita sentirla dentro. El olor
le inunda. Lo necesita en sus fosas nasales. Bajando por su garganta. No sólo
en su pituitaria. Rasca con la tarjeta y empieza a espiscar. La mano le tiembla
levemente pero hace como que no se da cuenta. Arroja el cigarrillo a la lata
que acaba de apurar de un trago. La aplasta todo lo que puede con la mano, para
no volver a caer en el error de beber del cenicero. Sigue trabajando. Se queda
evaluando el montoncillo blanco. Puede hacerse cinco rayitas. Cuatro buenas
rayas. O tres rayotes. Separa el montón en dos y hace dos caballones enormes.
Se fija en que aún está algo escamada. No le vendría mal otro repaso con la
tarjeta. Pero ni de coña piensa mientras empieza a hacer un rulo con un trozo
de folio. En las películas la gente siempre usa billetes. Los novatos también,
supone que por lo mismo. Menuda cerdada. Como si pudieses saber dónde cojones
ha estado ese billete antes de metértelo en la nariz. No, gracias. Esnifa una,
lentamente, recreándose en ello. Inclina la cabeza hacia arriba para que nada
se escape. Enciende otro cigarrillo. Se vuelve hacia el portátil. Sigue con lo
suyo. Le duele mucho la encía superior, sobre todo al lado de la paleta
izquierda. Se lleva el dedo y lo frota con suavidad. Se lo mira. No hay sangre.
Sigue con lo suyo. Da caladas ansiosas. Largas, profundas. Sintiendo el LM en
sus pulmones. Se cruje los nudillos. El cuello. Sigue con lo suyo. Enciende
otro cigarrillo al percatarse que está mordiendo muy fuerte. Al día siguiente
la mandíbula se lo recordará. Controla el tembleque de su pie. Empieza a
sentirse de puta madre. No consigue expresar de otra forma la euforia que le
embarga cuando esnifa anfetamina. Simplemente se siente de puta madre. Pero
sigue con lo suyo. Se está escribiendo solo. Las páginas caen una tras otra y
las horas también. Cuando han pasado dos horas se mete la otra raya. Abre otro
paquete de LM. Enciende otro cigarrillo. Cierra los ojos y se recuesta en la
silla. Respira profundamente. Sonríe. Se levanta a mear. Sabe que ahora tendrá
que levantarse casi cada 15 min. No sabe si a todo el mundo el speed le da las
mismas ganas de mear que a él porque nunca se lo ha preguntado a nadie. Mientras
mea las frases se le van agolpando en el cerebro. Necesita soltarlas antes de
que empiecen a desvanecerse. Se queda un segundo en blanco frente al portátil.
¿Cómo empezaba ese dialogo que se le ha ocurrido meando? Ah, sí. Sigue con lo
suyo. Pasa otra hora. El cenicero está lleno. Se levanta a mear por tercera
vez. Se da cuenta de que tal y como ha venido se ha ido. Necesita un finalazo.
De los realmente buenos. Quiere un finalazo a lo Carver. A lo mejor el tío
simplemente abandona el bar y se va a otro. Podría terminar con la frase:
“Sigue caminando por la calle y de repente ve otro bar. Sonríe. Entra”. El
relato trata de un hombre algo asqueado con la vida en general y sobre todo con
la suya en particular que entra un bar y empieza a burlarse de las vidas de
todos los allí presentes, uno a uno. Ha aprovechado para hacer una crítica a
casi todo lo que no le gusta de la sociedad moderna. Lo cojonudo es que el
hombre no conoce a nadie pero usando la deducción va “adivinando” cuáles son
los defectos y taras de cada uno de los bebedores. No le convence. Igual un
toque de Stephen King. Algo como “no se percata de que le siguen”. O mejor un
terrible monólogo final muy hiriente y con mucho odio en el que en la última
línea el lector se percate de que le está hablando al espejo. Sí, ese mejor
piensa sonriendo. Lo escribe. Mira satisfecho el relato. Enciende otro
cigarrillo mientras apaga el portátil. Va al frigorífico y se abre otra
cerveza.
Cuando
despierta a la mañana con la boca pastosa se siente como si un tren de
mercancías le hubiese pasado por encima. Le duele hasta la última molécula de
su ser. Maldito speed. Se siente muy deprimido así que opta por no desayunar y
abrir la primera cerveza del día. También enciende su primer cigarrillo. Tose
violentamente. Escupe una flema enorme en la papelera de al lado de su
escritorio. Se suena y al mirar el pañuelo ve sangre entre sus mocos. Con cara
agria va al baño y se lava la cara con violencia. Como si quisiera quitársela.
Como si se pudiese despegar la piel del rostro y ver su calavera sonriente
devolverle la mirada en el espejo. Recorre con la yema del dedo una raja enorme
que cruza el espejo verticalmente. Piensa en masturbarse pero a los pocos
minutos se percata de que no le apetece realmente pese a que se le ha puesto
dura y para. Decide saltarse una de sus normas más antiguas y empieza a releer
el relato de anoche. No han pasado 72 horas, lo que normalmente espera antes de
la primera revisión, pero qué demonios. Cuando termina de leerlo le inunda más
sorpresa que decepción al darse cuenta de que no le gusta una mierda. Pero
nada. No ve nada salvable en el relato. Lo borra. Abre otra cerveza. Enciende
el tercer cigarrillo del día. Se recuesta sobre la silla de oficina que tiene
frente al escritorio y empieza gimotear como un perro herido. Sin lágrimas.
Sólo gimotea.
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