Lo
bueno de que tus colegas utilicen tu cochera para fumar es que cuando estás sin
un duro siempre hay algo aprovechable en algún punto. Lo malo, piensa Laura, es
que todas son igual de pobres que ella y ninguna de las seis colillas que ha
conseguido recolectar mirando en los ceniceros y bajo el sofá debe tener más de
dos o tres caladas, como mucho. Las va encendiendo una a una intentando no
sentirse muy yonki mientras les fuma lo poco que les queda. Esto no es lo que a
ella le habían prometido. Aunque, bien pensado, nadie le había prometido una
mierda. Empezó a fumar por el hijo de la gran puta de su exnovio, Carlos, que
ahora se había quitado los aros y llevaba camisetas negras de manga larga muy
ceñidas que ocultaban sus tatuajes y sugerían sus pectorales. Lo vio la semana
pasada saliendo de uno de esos sitios que antaño había prometido una y mil
veces que jamás iba a pisar. Con una puta niña pija del brazo. Laura se agarra
las rodillas mientras mira las tres colillas que le quedan. No se siente ni un
poco colocada. Reprime las ganas de echarse a llorar. Últimamente siempre tiene
ganas de llorar. Tiene veinte años y está en la universidad. Viviendo con sus
padres. Reprime una risilla. Con catorce años hubiese jurado a cualquiera que
no iba a aguantar hasta los dieciocho fingiendo querer una vida normal. Siempre
se había imaginado de aquí para allá con su mochila de rayas, sin parar
demasiado en ningún sitio. Viviendo del aire. Colándose en los metros. De la
mano de Carlos. Enciende otra colilla y se pasa la mano por la cresta. Entre
los dedos se le quedan tres pelos suyos. Dos rosas y uno negro. Se da pequeños
tirones de las patillas. Enciende otra colilla. A esta apenas le saca dos
caladas. Enciende la última, y le da cinco. Sigue sin sentirse colocada. Se mira
las uñas de sus pies descalzos. Vuelve a reprimir las ganas de echarse a
llorar. Tiene los mocos muy secos de la coca de anoche (y de esta mañana).
Escupe al suelo y paladea. También tiene un poco de sabor amargo en ellos. La
rave ha chapado a las cuatro de la tarde pese a sus gritos de queja. Todos se
sentían cansados y con ganas de volver a casa. Ella no quiere volver. Ni ahora
ni nunca. No quiere subir las escaleras de casa. No quiere llegar a su cuarto y
revisar Facebook para ver que Enrique sigue sin desistir y continúa mandándole
mensajes. “Nunca te folles a un hippie” le habían dicho sus amigas. No quiere
tener que fingir que le importa una mierda el examen del miércoles. Ni siquiera
recuerda el puto nombre de la asignatura. Le da vueltas a su piercing del labio
con la lengua. Se vuelve a tirar de las patillas. Reprime las ganas de gritar. El
año que viene no va a tener beca porque ni va a aprobarlas todas ni va a sacar
un 6’5 de media. Igual no puede seguir estudiando pero se la suda. Carmen le dijo
el otro día que estaban buscando alguien para el bar y Laura insistió en que
contase con ella. Tampoco es que le apetezca una puta mierda pero al menos le
van a pagar decentemente y no tendrá que volver a buscar colillas de porro en
la cochera. Ni a beber tinto caliente directamente del cartón a las 12 de la
mañana. Se imagina con dinero en el bolsillo. El medio de coca lo hubiese
pillado para ella sola y estaría bebiendo Absolut con lima. Y cuando se le
acabase, a pedir latas sin parar a la barra. Los puentes no los pasaría entre
el ordenador y el salir de fiesta, si no que se iría a conocer mundo. Se
pregunta qué estará haciendo la gente que ha salido de la rave. Muchos estarán
durmiendo. Los que no puedan por la química estarán hincándose una buena yema
para ellos solos. Piensa con una sonrisa que quizás algunos hayan pasado por
casa a ducharse y cambiarse de ropa para después ir a recoger a sus novias y
fingir que llevan todo el día durmiendo. Carlos a veces hacía eso con ella. Se
odia un poco pero no puede evitar rozarse la entrepierna por encima del vaquero
al recordarle en sus buenos tiempos. Cuando ella aún tenía 15 y él estaba en lo
mejor de sus 18. Con su camiseta roja de tirantes que había sido de S.A. pero
ahora tenía tantas manchas que sólo era una especie de borrón. Con sus altas
botas y sus ceñidos vaqueros. Bailando en mitad del mosh. Imparable. Tirando a
gente al suelo y soltando codazos aquí y allí, demasiado borracho y con
demasiadas anfetas en el cuerpo para reparar que ella está prácticamente
quieta, mirándole ensimismada. Como si fuese una especie de dios. La libertad,
la rebeldía, el amor, la música, las fiestas, la droga, la gente…eso era Carlos
para ella. Fue. Fue Carlos para ella piensa mientras maldice y se golpea una
rodilla. Se mira el puño. Le ha dolido. No hace tanto de la última raya, igual
todavía no se controla del todo. Intenta no pensar qué ha sido ella para
Carlos. Recuerda las últimas veces que lo vio, lo visualiza con el cenicero
apoyado en su pecho mientras le ceniza se le enreda en el vello. Lo ve
perfectamente, dando una calada muy fuerte al porro, con la vista clavada en el
techo mientras ella se abrocha las adidas. Casi lo escucha decirle que está
harto de toda esa mierda.
-¿De
qué mierda?-le preguntó ella.
-De
todo-dijo él.
Fue una
de las últimas veces que lo vio. Una nota le dejó el muy hijodeputa. Una puta
nota de mierda diciéndole que se iba a estudiar Informática a Barcelona. El muy
cabrón. Hasta la semana pasada llevaba dos años sin verlo. No se ha intentado
poner en contacto con ella. No sabe si ya ha terminado su puto módulo ese
asqueroso o qué. Piensa que igual ahora hasta se lo tropieza en la universidad.
Que igual quiere seguir estudiando. Informática queda muy cerca de Educación
Social. Igual hasta se lo tropieza, joder. Intenta bloquear todos sus
pensamientos y se percata de que sigue frotándose la entrepierna. Se levanta,
vuelve a escupir al suelo sucio de la cochera y se decide a subir las escaleras
a casa. Igual Enrique está conectado. Al fin y al cabo nadie le había dicho
nada malo sobre volver a follarse a
un hippie, piensa con una sonrisa.
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