lunes, 4 de noviembre de 2013

Complejo de gato.

Lo curioso del hecho es que yo le había dicho a Lucía de vernos otro día. Tenía una resaca tan bestia que no pude levantarme del sofá en toda la tarde. Enserio, horrible. Pero luego ya se sabe. Una cerveza lleva a la otra. Al final hasta me sentí recuperado y le pregunté a Lucía en un mensaje si le apetecía bailar un poco. Me dijo que si la noche acababa a una hora similar para ambos podíamos dormir en su casa. No sospeché nada hasta que ocurrió. De hecho, ni siquiera la hubiese visto si en ese preciso segundo no me hubiese parado en la calle a esperar a que Rafa comprase tabaco. Giró la esquina y allí estaba yo apoyado en la puerta del chino fumando en silencio. No era la primera vez que la veía. Esta es una ciudad pequeña en la que puedes empezar a reconocer las caras de los de nuestra calaña. Ya sabes, los que tenemos complejo de gato. O gata, para el caso. La primera vez que la vi fue en la puerta de un bar. Me las ingenié para hablarle pero un amigo suyo vino a hablar también conmigo y acabé liado en una conversación sobre la apatía de la población, la revolución y todas esas cosas. Después la volví a ver un par de veces, cada vez en un sitio, pero siempre acompañada. Por alguien distinto. Aquel día iba con otra mujer. Cuando vi sus ojos azules tan claramente pese a la oscuridad de la noche sentí el impulso de hablarle. Le dije: “Hola”. No esperaba realmente iniciar una conversación, supuse que ella sonreiría, contestaría, y seguiría andando. Sin embargo se detuvo y me dijo hola. Le pregunté a dónde iba esa noche y dijo que no tenía rumbo. Preguntó a dónde iba yo. Le dije que a un bar y que si querían venir. Miró a su amiga. Ella sonrío y asintió con la cabeza.

-Vale-dijo.

Siguieron el camino con nosotros. Me presenté. Se presentaron. Les presenté a los chicos. Su amiga se llamaba Sandra. Ella Remedios. No pude evitarlo. Me reí. Demasiado alcohol en mi cuerpo como para controlarlo. Remedios.

-Lo siento pero es que no te pega nada-le dije.

-Lo sé-dijo ella-Todos me llaman Luna.

Le sonreí. Me sonrió.

-Te llamas Luna y tienes los ojos azules…-dije yo.

-¿Y qué pasa con eso?-preguntó risueña.

-Que yo tengo un poco de complejo de poeta así que igual me enamoro de ti-le dije intentando parecer todo lo seductor que pude.


Ella se rio. Yo seguí fumando en silencio y de repente me preguntó algo. Cualquier cosa. Cuántos años tenía, qué hacía para vivir…no recuerdo cual vino primero. Recuerdo que la miré a los ojos y me sentí con muchas opciones. Recé en silencio porque Lucía acabara tan tarde que no le apeteciese acostarse conmigo.   

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