Vuelvo
a bajar las escaleras. Que guapo. Que guapísimo. Lo hago moviendo las manos con
teatralidad esta vez y tomándome mi tiempo. Hay como unos microsegundos en los
pasos que doy subiendo o bajando escalones en los que me siento como si la
gravedad no existiese. El Moreno me grita por detrás que vaya a traer las
cervezas. Cierto. Entro en la casa. Abro el frigo. Saco otras dos cervezas. Me
paso un par de minutos buscando el abridor y me acuerdo de que lo tenemos
fuera, en la mesa. Cuando salgo vuelvo a notar lo de las escaleras. Las subo.
Las bajo. Las subo. Las bajo.
-Pero,
¿qué coño haces?-me grita el Moreno.
-¡Estoy
descendiendo de una nave hacia la luna ahora mismo!-le grito mientras bajo las
escaleras con los brazos muy extendidos, moviéndome como un astronauta.
Él se
ríe. Decido que ya está bien y voy hacia la mesa con las cervezas. Y que se
joda Armstrong, pienso, que yo no he tenido que estudiar aeronáutica.
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