Hoy me
he acordado de ti. Bueno, más bien me he acordado de que hacía mucho tiempo que
no te pensaba. Es curioso. Creo que no soy capaz de recordar el nombre que
tenías en fotolog pese a todas las veces que lo he tecleado casi
automáticamente para torturarme. Como me gusta torturarme por cierto. Joder.
Soy de esos que llega a casa un poco triste y dice: “Ahora mismo lo último que
necesito es ponerme “Morir o matar”
mientras me fumo un porro y empiezo a mirar su perfil”. Y por supuesto cojo los
cascos, abro el cajón del grinder y
me meto a su perfil. Y además directamente a las fotos de aquel entonces. Para
verme en alguna. Para que escueza de verdad, cojones. Hasta que el alma me diga
que basta como en aquella canción de El Ultimo Ke Zierre pero yo no le haga ni
puto caso. Que se joda el alma, que sufra también. Aunque no he venido a
contaros eso. Lo que quería contaros es que joder, creo que tampoco soy capaz
de recordar sus apellidos. Enserio. Me río aunque no sé si debería. ¿De verdad
es así cómo va todo? Sigues viviendo, conoces a otras mujeres, te hacen otras
heridas y simplemente vas olvidando. Joder, con todo lo que llegué a escribir
sobre ella, pobrecita. No sé cuántos años hace que no me la tropiezo en la
calle. Y eso que antaño tropezarnos, aunque hubiese sido ver al otro de reojo
en un bar, siempre suponía una noche interesante. Eran noches de cagarla. Esas
noches de los “igual debería haberte
dicho que estoy con alguien” que venían muy tarde por su parte y de los que
jamás venían por la mía. Fueron buenos tiempos si miro atrás. Mereció la pena.
En su momento no supe ver el punto de inflexión en el que todo acabó. Siempre
he sabido que fue por mi culpa porque no podía ser de otra manera, pero no
sabía exactamente qué había pasado. Ahora está clarísimo. La noche esa tan
próxima a Nochebuena en la que nos encontramos y acabamos como siempre fue
decisiva. O más bien fue decisivo cuando yo me encontré a la amiga de la tía
que me gustaba en esos momentos y le solté la mano disimuladamente. Se la
presenté como una vieja amiga. Nada raro. Siempre la presentaba así. Ahora creo
que no manejé la situación como mi cerebro adolescente atiborrado de alcohol
creía. Una me vio de la mano de la otra y la otra se dio cuenta de que le había
soltado la mano. Y de lo nervioso que dije aquello de “amiga”, como casi
rezando porque se lo creyese cuando ni los pueblerinos del cuento de Pedro y el
lobo lo hubiesen hecho. Ese día cambió mi vida más de lo que un día de
borrachera común suele hacer. Es tan fácil lo de las casualidades. Es tan
fortuito lo de las relaciones humanas. Ella se enfadó. Si no lo hubiese hecho
no se hubiese ido y quizás no me hubiese encontrado a la tía que me gustaba en
ese momento. O quizás me la hubiese encontrado, pero con ella, y las cosas se
hubiesen tornado difíciles. La otra me vio de la mano con ella. Si no lo
hubiese hecho no se lo hubiese contado a la tía que me gustaba y ella al verme
solo horas más tarde no me hubiese esbozado esa sonrisa que me hizo levantarme del coche, cruzar la
calle y llamarla por su nombre para hablar con ella. Que risible ahora todo
pasado el tiempo. Yo mirando a los lados antes de cruzar la calle sin saber que
el golpe iba a venir de hacia donde yo me dirigía. Aunque eso es otra historia
porque aquella noche conseguí uno de los números de teléfono que consiguió que
empezase a escribir cosas como estas.
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