Que
tóxico el amor. Que incomprensible. Me hace gracia la gente que habla de creer
o no en él. Como si fuese opcional. Como si yo ahora pudiese simplemente darle
la espalda y fingir que no existe. Que no tengo el dedo anular roto de los
golpes a la pared. O que los nervios no me hicieron vomitar en el bar de debajo
de su casa minutos antes de llamar al timbre. Me dijo que no sabía nada de él.
Que había desaparecido. Que no le contestaba las llamadas. Yo tampoco sabía (y
sigo sin saber) nada de él. Se fue de mi casa y es como si simplemente se
hubiese ido de mi vida. Simplemente decidí contarle la verdad. Creí que ella
reaccionaría de otra forma. A ser sincero estaba cagado de miedo con la idea de
que me dijese que era un gilipollas y que me fuese de allí. Nada más lejos. Me
abrazó. Me besó. Me dijo que los dos a por todas. Ella y yo. Sólo que no
utilizó ese concepto. De hecho dijo literalmente que “ahora somos nosotros”.
Por eso llevo una hora mirando el techo en la oscuridad. El cenicero a rebosar.
No sé si he cometido un error o no. ¿Será que soy de esos que siempre tiene
dudas en una relación? Me cago en mi puta madre, estoy hecho un lío. Me fustigo
un poco mentalmente por haberme cagado en mi madre. Dejemos a los muertos en
paz. Bastante jodidos están con estar muertos, gracias, no necesitan más mierda
encima. El caso es que no puedo pensar en ella y yo como nosotros. Sólo como,
eso, ella y yo. Siempre creí que “nosotros” era un término que simplemente se
usaba. Sobre todo en las películas y en la literatura. No algo que realmente
tomarse enserio. Pero, ¿y si lo es? Ahora me planteo si alguna vez pensé en él
y yo como nosotros. Creo que sí. Puedo visualizarme con catorce años borracho
de vodka barato dando vueltas agarrados por los hombros, mientras gritábamos a
la gente que pasaba, y hablábamos de nosotros. Como concepto. Nosotros. No él y
yo. Era nosotros. Nuestros sueños. No los míos y los suyos. Los nuestros. Empiezo
a creer que he cometido un error. No sé cuántos meses llevo sin siquiera
plantearme la idea de acostarme con otra mujer, sin embargo, ahora pensar en la
posibilidad de jamás volver a hacerlo me está agobiando. Me está asfixiando.
Literalmente porque tengo que despegarme el cuello de la camiseta porque me
siento aprisionado. Tengo un nudo en la garganta que no baja.
Pero
cuando suena el timbre y me obligo a salir de mi cabeza y volver al mundo real
todo cambia. En los segundos que transcurren desde que me levanto como
impulsado por los brazos de una multitud que me apoya hasta que llego al telefonillo
me doy cuenta de que estoy incluso diciendo en voz alta: “que sea ella, joder,
que sea ella”.
Que
tóxico el amor.
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