domingo, 17 de noviembre de 2013

Que tóxico el amor 2

Que tóxico el amor. Que incomprensible. Me hace gracia la gente que habla de creer o no en él. Como si fuese opcional. Como si yo ahora pudiese simplemente darle la espalda y fingir que no existe. Que no tengo el dedo anular roto de los golpes a la pared. O que los nervios no me hicieron vomitar en el bar de debajo de su casa minutos antes de llamar al timbre. Me dijo que no sabía nada de él. Que había desaparecido. Que no le contestaba las llamadas. Yo tampoco sabía (y sigo sin saber) nada de él. Se fue de mi casa y es como si simplemente se hubiese ido de mi vida. Simplemente decidí contarle la verdad. Creí que ella reaccionaría de otra forma. A ser sincero estaba cagado de miedo con la idea de que me dijese que era un gilipollas y que me fuese de allí. Nada más lejos. Me abrazó. Me besó. Me dijo que los dos a por todas. Ella y yo. Sólo que no utilizó ese concepto. De hecho dijo literalmente que “ahora somos nosotros”. Por eso llevo una hora mirando el techo en la oscuridad. El cenicero a rebosar. No sé si he cometido un error o no. ¿Será que soy de esos que siempre tiene dudas en una relación? Me cago en mi puta madre, estoy hecho un lío. Me fustigo un poco mentalmente por haberme cagado en mi madre. Dejemos a los muertos en paz. Bastante jodidos están con estar muertos, gracias, no necesitan más mierda encima. El caso es que no puedo pensar en ella y yo como nosotros. Sólo como, eso, ella y yo. Siempre creí que “nosotros” era un término que simplemente se usaba. Sobre todo en las películas y en la literatura. No algo que realmente tomarse enserio. Pero, ¿y si lo es? Ahora me planteo si alguna vez pensé en él y yo como nosotros. Creo que sí. Puedo visualizarme con catorce años borracho de vodka barato dando vueltas agarrados por los hombros, mientras gritábamos a la gente que pasaba, y hablábamos de nosotros. Como concepto. Nosotros. No él y yo. Era nosotros. Nuestros sueños. No los míos y los suyos. Los nuestros. Empiezo a creer que he cometido un error. No sé cuántos meses llevo sin siquiera plantearme la idea de acostarme con otra mujer, sin embargo, ahora pensar en la posibilidad de jamás volver a hacerlo me está agobiando. Me está asfixiando. Literalmente porque tengo que despegarme el cuello de la camiseta porque me siento aprisionado. Tengo un nudo en la garganta que no baja.

Pero cuando suena el timbre y me obligo a salir de mi cabeza y volver al mundo real todo cambia. En los segundos que transcurren desde que me levanto como impulsado por los brazos de una multitud que me apoya hasta que llego al telefonillo me doy cuenta de que estoy incluso diciendo en voz alta: “que sea ella, joder, que sea ella”.


Que tóxico el amor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario